Futuros Presentes: ética y estética de un generación digital por Luca Miani

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Futuros Presentes: 

ética y estética de un generación digital 

por Luca Miani*

 

 

Bienvenidas las ideas raras

No les tengas miedo no nos hacen nada

Aunque parezcan balas son solo palabras

Que si no les creo no las veo

 

Louta

 

 

Y aquí estamos. Distanciados por un virus que nos impide darnos un buen abrazo, tomar una cerveza bien fría en ese bar que tantos nos gusta y discutir si el final de esa serie que vio toda la humanidad estuvo a la altura de las circunstancias. Nos lustramos los pepés y resulta que ahora ya no hay caravanas. Puede parecer frustrante, pero es necesario. Hay que cuidarse, quedarse en casa. Este ensayo es una emergencia; de hecho empezaba distinto, pero dada la situación, y a una pulsión psicoanalítica por nombrar aquellas cosas que se constituyen como traumáticas (la cancelación de toda actividad que rellenara mi agenda), me veo obligado a reseñar esta realidad pandémica para ir directo al final: somos testigos de una oleada de digitalización integral y frenética, que tiene pinta de volverse perpetua porque sencillamente es muy cómodo. Viene sucediendo hace tiempo ya. El virus nos lo hace insoportablemente visible de un cachetazo. Así, sin más. Ahora vienen los grises. Esta sentencia (sobre la digitalización, no el cachetazo) no es necesariamente una crítica, o mejor dicho, no es una denuncia. Es una descripción de la realidad que debe interesarnos, porque aquello que siempre imaginamos a través de libros y películas de sci-fi se vuelve parte de nuestro mundo. Los futuros se hacen presentes y se conjugan en diferentes niveles, dando forma casi siempre a preguntas especulativas, que como su naturaleza lo indica, no tienen una respuesta inequívoca. Podríamos decir que son un bardo, porque son preguntas que más que respuestas, nos dan nuevas preguntas, pero también podemos decir que son las más apasionantes. Una larguísima lista de teóricos y estudiosos es consciente de que la gran tarea es, en realidad, buscar la mejor manera de formular estas preguntas, y no tanto dar respuestas. Creo no equivocarme a la hora de decir que las respuestas pasan y solo las preguntas permanecen. Acá está el desafío.

Sin embargo, los vertiginosos tiempos que corren reformulan estas interrogaciones. Un ejemplo claro de esto son las preguntas acerca del arte, que tradicionalmente fundamentaban su estudio a través de los juicios estéticos. Ahora bien, este punto de vista ha caducado a manos de la digitalización. Digo digitalización casi como eufemismo de Internet, un concepto que utilizamos para denominar un avance técnico pero que claramente desborda esas fronteras e irradia potencialidad en todas direcciones. De hecho, la digitalización es input de lo real a Internet, una acción, para que luego construyamos ese real-virtual con el que convivimos en las múltiples plataformas que habitamos. Desmembrar de manera analítica este fenómeno técnico puede tomarnos literalmente una vida asique no vamos a meternos tanto en eso, pero con un poco de ambición tal vez si podamos intentar poner en cuestión por un momento la relación que se configura entre arte e Internet con sus acepciones más inmediatas.

Sin dudarlo, hay muchísimas aristas en el tema, pero quiero centrarme en una que suele ser bastante mencionada: la democratización del arte a partir del acceso masivo que supone las herramientas digitales. Cuando me refiero a la democratización me refiero a dos variables fundamentalmente. Por un lado el mayor grado de acceso a los contenidos por parte de los consumidores, y por otro la mayor facilidad de producir contenidos con herramientas digitales cotidianas. Más consumidores, más creadores de contenido. Antes de seguir aclaro que preferiría utilizar otras categorías para señalar estas dos variables; categorías que no compatibilicen tanto con la lógica del capital y la industria cultural pura y dura. No creo que la salida sea convertirse en un acólito de Adorno y despreciar toda industria cultural (pobre Adorno, se privó del jazz), pero sí creo que no debemos aproximarnos ingenuamente a estos temas como si la producción de contenidos fuese totalmente desinteresada. De hecho la industria tamizada a través del internet ha exacerbado esta cuestión. Volviendo a la democratización, me interesa traer a colación al intelectual ruso Boris Groys, que nos presenta una ecuación que invierte el clásico esquema de consumo del arte, aquel que Kant y Hegel (los más picantes en su momento para pensar el juicio estético) miraban, donde un artista (genio romántico) producía obras y miles de personas las consumían pasivamente. Una relación que construía unilateralmente. Groys advierte que en la actualidad, hay más gente interesada en producir sus propias imágenes, sacar sus fotitos, que consumir pasivamente. Basta solamente chequear Instagram mientras lees este texto para comprobar esta inversión en los términos. Pero, pará, ¿Todes somos artistas entonces? Y bueno, esta parece ser la pregunta central, y sin duda una de las más difíciles de contestar. No voy a negar que a veces se me cruza simplemente contestar que es una cuestión de actitud, pero sería poco serio. Aun así, reflexionando, podemos descubrir que nuestra pulsión por generar imágenes no responde a una aspiración artística, de ser artistas, sino más bien a hacer de nosotros mismos un producto de consumo. Esto que suena tan poco intuitivo, incómodo y opera a diferentes niveles es el enfoque pertinente para entender la dinámica de los consumos culturales emergentes de toda una generación de jóvenes que consume al mismo nivel que produce contenido. Bajo esta óptica podemos aproximarnos a entender el fenómeno de les influencers, en donde consumimos lisa y llanamente modos de vida. Es decir, nos interesa saber cada aspecto de la vida que elles deciden mostrar, y hasta a veces exigimos inmiscuirnos aún más en esas vidas. Esto pone en perspectiva que en nuestro tiempo el contenido en sí no es suficiente para realizar una valoración acerca del artista y/o influencer. Serán las decisiones éticas de estos sujetos los que pondremos en la balanza a la hora formar nuestras opiniones; serán aquellas cuestiones que dan forma al diseño de sí mismos. Este pasaje de la estética a la ética explica mucho de nuestra actualidad cultural. En Ciudad de Córdoba en los últimos 5 años se ha gestado dentro de sus propuestas culturales una de las tendencias estéticas más expansiva de la última década en la Argentina. El festival “La Nueva Generación” se hizo presente y reunió a la escena underground de la música de diferentes provincias del interior, siendo Mendoza y Córdoba los principales focos, instaurando una fuerte impronta federal en su propuesta. En este sentido, fue el puntapié o al menos la síntesis de una serie de prácticas artísticas que se venían desarrollando atomizadamente pero que se relacionaban íntimamente, forjando una sensibilidad especial donde las reivindicaciones políticas y éticas son protagonistas. El feminismo como emergente social posiblemente sea el ejemplo más claro de cómo los sujetos públicos no sólo toman decisiones estéticas a la hora de producir, sino que también deben componer éticamente, demostrando una conducta coherente y respetuosa con la causa. Quizás el gran valor de este festival fue darle un nombre tremendamente eficiente e indiscutible a un sentimiento generalizado que se cocinaba y que se ha cocinado desde hace años con los consumos culturales de los más jóvenes. Estamos frente a un fenómeno radicalmente contemporáneo, ya que se vale de su realidad técnica y coyuntura social, donde empezamos a ver borramientos grosos entre las disciplinas artísticas, algo para nada común en la cultura pop de nuestro país. Esta generación, a diferencia de otras pasadas, no evita el compromiso y sobre todo lo exige en cada instancia, a tal punto de que la industria le ha tenido que dar respuestas eficaces. De lo contrario, las dinámicas horizontales y autogestivas han sabido generar sus propios contenidos a la altura de sus demandas. Las redes sociales han elevado el escrutinio ético por sobre el estético, dando lugar a resistencias inusitadas en el centro de un negocio bastante abstracto como lo es la administración de casi todos nuestros datos. Y esta tendencia no parece disminuir. Lo comentábamos al principio. Las nuevas generaciones tienen en claro que también deben construir nuevas categorías de análisis que sean más fluidas, porque sencillamente les toca abarcar una realidad dual que oscila entre la virtualidad y lo físico. Algo así como pensar en medio de un sueño. Es muy probable que estemos entrando en una etapa de aceleración en la virtualización de nuestra vida, por tanto los fenómenos culturales forjaran su sentido allí, entre avatares, youtubers, influencers y simples usuarios que hacen de sus perfiles un espacio de diseño ético. Capaz todas estas horas en casa que nos va a dejar nuestro amigo el virus nos permitan seguir pensando esa pregunta que marque nuestro tiempo. Una pregunta que sea situada, que acompañe la movida cultural de nuestra ciudad, para reflexionarla, para discutirla, para vivirla. De algo tenemos que estar seguros: el presente nunca se pareció tanto al futuro.

*Luca Miani tiene 24 años, es ex alumno de Comunicación y Gestión Cultural del Instituto Cultura Contemporánea y estudia  filosofía. Le interesan los temas vinculados a la técnica y sus efectos en la política y el arte y es el curador del ciclo FUTUROS PRESENTES del 220cc.  Fue secretario de la Federación Universitaria de Córdoba y actualmente trabaja Museo del Colegio Monserrat como mediador cultural. Intenta de cinéfilo, escribe y le gustaría leer mucho más.

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